sábado, marzo 02, 2013

Enséñame a volar

El príncipe de París

Cuando Alba conoció a aquel joven extranjero, no tenía ni idea de cuánto se iban a unir en el futuro. Se llevaron hablando por redes sociales muchísimo tiempo, intentando verse sin conseguirlo ninguno de los dos. Hasta que ella le pidió un disco que sólo se vendía en París. Él aceptó traérselo.
Recuerdo perfectamente el día que la acompañé a recogerlo, su nerviosismo, sus ganas de verlo. Casi le da un infarto de lo nerviosa que estaba.
Cuando llegamos a aquel restaurante de comida rápida y subimos las escaleras poco a poco, allí estaba, en la primera mesa, hablando por teléfono en su idioma natal y comiendo entre palabra y palabra. Nos miró de reojo y ocultó una sonrisa floreciente. Yo sonreí; Alba también.
Nos quedamos de pie hasta que nos invitó a sentarnos, colgó y le tendió el disco a mi amiga. Yo lo observé a él, no al disco, como debiera haber hecho.
Se pusieron a hablar, incluyéndome en la conversación de vez en cuando, aunque mi única misión consistía en analizarlo y descubrir exactamente qué sentía. Pude comprobar que estaba casi más nervioso que Alba, que ocultaba con su puño la boca para ocultarle a ella su interior. Pero no había reparado en mí.
Mientras ella hablaba y le decía que debía ir a aquel casting que tenía allí, porque era bueno en su trabajo -el baile- y debía empezar a creérselo de una vez, vislumbré en los ojos de aquel Príncipe parisino un brillo singular de lágrimas no derramadas. Casi se me escapa una sonrisa.
-Pero no me cogerán para hacer el papel principal-dijo él-. Ya se lo han dado a una chica.
-Bueno-respondió Alba despreocupadamente-, siempre podemos matarla.
Era una vieja broma que solíamos gastarnos mutuamente, y ella con él también. Él soltó una carcajada.
-¡Claro!-exclamó-¡Podemos envenenarla!
Echamos los tres a reír, pero él suspiró. No era tan buen bailarín como ella decía, dijo. Ella le discutió. Él le discutió. Ella le discutió. Él le discutió. Yo sonreí. Él me miró y me hizo un gesto falso de exasperación señalándola con la cabeza. Yo me encogí de hombros. No podíamos hacer nada con ella, le dije.
Intentó convencernos de llevarnos a nuestra casa, pero denegamos, y se levantó para irse. Tenía prisa.
Ella le tendió el regalo que no le había podido dar por su cumpleaños, pero que le daba ahora. Era una pulsera, un pequeño Peter Pan y una pulsera. Él agarró el muñequito y lo contempló. Lo apretó en su mano.
-Me ayudará mañana a volar delante de los directores del casting.
Yo me sorprendí de que usara esa palabra. Volar. Pero Alba sólo sonrió.
No sé de dónde saqué el valor para decirle eso a un completo desconocido.
-¿Sabes volar? Enséñame a hacerlo.
Él sonrió. No de forma irónica o de forma divertida. Más bien, sólo alegre y muy pícaro.
-Es muy fácil-respondió-Sólo tienes que desearlo.
Guiñó un ojo y empezó a bajar las escaleras.
Yo me demoré un poco. No sólo me había sorprendido, sino que además lo había hecho muy gratamente.
Lo acompañamos hasta su coche y lo vimos alejarse.
-¿Por qué le has preguntado eso?-inquirió Alba más tarde. Yo me encogí de hombros, sonriente.
No sé porqué lo hice, pero si algo tengo seguro, es que quiero que ese Príncipe de París forme parte de la vida de Alba, porque sólo una persona que responda eso puede ser lo suficientemente bueno para ella.

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